“¿Cómo vas a comprar leche al precio del agua?”

24 de marzo de 2015

La industria lechera en España no es ajena a la corrupción reinante. Competencia ha multado a las grandes distribuidoras de leche por pactar precios, una sanción ridícula a tenor del beneficio obtenido. No contentos con este pequeño tirón de orejas, el ya conocido como “Cártel de la leche”, he recurrido la multa. Los ganaderos mientras tanto, luchan por sobrevivir.

A muchos kilómetros de los despachos que dirimen el derecho a llegar a fin de mes se encuentra Conchita, ganadera desde hace tres décadas. Vive en Chantada, Lugo, donde cuenta la leyenda que una mujer se sentó sobre una piedra y dijo: “«Ala, aí vos queda, chantada no chan» (Hala, ahí os queda, clavada en el suelo). Conchita, quizá por tradición lugareña, también está empezando a plantarse, aunque su roca sea metafórica: “Si sigue el modelo actual, será imposible vivir de esto. Es muy frustrante trabajar de ocho de la mañana a doce  de la noche, y a veces por debajo del coste de producción”. A la mafia de los precios, se ha unido un suma y sigue de trabas, desde querer imponer un impuesto a los pozos privados (“te gastas miles de euros en excavar, y te quieren cobrar por tu propia agua, cuando una vaca consume cien litros al día”), hasta la nueva política de catastro gallega, fuente de numerosas quejas: “Es vergonzoso. Ahora nos quieren incluir hasta los metros cuadrados de una caseta para las gallinas”.

Su padre comenzó el negocio familiar: “En aquella época tenían un número de vacas bajo, en torno a ocho o nueve. La leche se sacaba manualmente. La alimentación era a base de forrajes, pastoreo y muy poco pienso”. Ahora, para ser competitivo en el mercado, hay que crecer. Y así lo hizo ella, como otros muchos ganaderos, pero manteniendo el pastoreo tradicional, mucho más respetuoso con el animal.

Conchita explica sus esfuerzos por sacar con su marido el negocio adelante, que a fin de cuentas es su vida: “Todos los ganaderos estarán conmigo en que este es un trabajo esclavo porque no se descansa. No hay un día en el que los animales te digan “hoy no trabajes”. Siempre es día laborable. Cuando llevas muchos años, sabes que lo haces porque te gusta cuidar a los animales, sino desesperarías. Hay una parte económica, y otra vocacional”.

De la vocación dan fe Rula, Sixta, Pinta… sus cincuenta reses, todas con nombre propio y personalidad definida, porque “explotación ganadera” es un término que le disgusta. “No queremos explotar, al aumentar el número de ganado hemos ampliado las instalaciones para la comodidad del animal y mejorado el método de ordeño, que hoy en día no es manual. Hemos intentado mantener la alimentación, para obtener la misma calidad de antaño. Las vacas no permanecen encerradas, salen a pastorear, hacen ejercicio, ven el sol… tienen un metabolismo sano”. Si el número de animales creciese en demasía, se haría imposible el pastoreo, algo a lo que Conchita se niega; las reses deben disfrutar de aire y buenos cuidados. “Lo opuesto al método tradicional son las grandes explotaciones estabuladas, donde los animales no ven la luz del sol. Esta, desgraciadamente, es la única salida que se está dejando a los ganaderos para competir con los precios que marca la industria”.

Los ganaderos, tras años invirtiendo para adaptarse a Europa y pagar por obtener más producción (lo que llevó a algunos de ellos a echar el cierre), se han encontrado con una sorpresa de la administración: Este año se suprimen las cuotas; no se sabe qué pasará después de toda la inversión realizada. Posiblemente, sea una vía libre para montar ganaderías  donde haya “un robot se encargue de ordeñar cada vez que la vaca coma pienso. Se sobreexplotará a los animales acortándoles la vida”. Embrutecer el proceso, y mermar la calidad carece de importancia para los distribuidores, ya que lo que se vende en los supermercados es “la media. Se nos paga igual a nosotros que a empresas con estos métodos de trabajo. La única variación es la posibilidad de incrementar por calidad un par de céntimos sobre el precio base. En España la leche es sometida a rigurosos controles de calidad diarios in situ, para ver que es apta para el consumo y aparte, a final de mes recibes una carta con tus porcentajes de grasa, nutrientes… ahí se establece la diferencia entre la máxima nota, (AAA+), que es la de nuestras vacas, y la de otros ganaderos. Es irrisorio, porque si una persona tiene muchas más reses, obtiene más beneficio sin tener en cuenta calidad, ni trato al animal. Y toda la leche se mezcla. Las deficiencias de uno, las compensa las mejoras de otro”.

Las pequeñas cooperativas podrían haber sido la solución para los ganaderos, pero cuando crecen empiezan a centrarse en el beneficio puro, y se olvidan de sus orígenes. Compran terrenos, cultivos, empresas de piensos, otras cooperativas… Se convierten en un gigante más. “El problema de los productores son las distribuidoras, las marcas dominantes. Crean convenios entre ellos, y luego te sobreexplotan… Todos, incluso Central Lechera Asturiana vienen aquí, a Galicia, a por leche”. Se vende sin marca propia, sin especificar cuál es el producto local.

El poder de las grandes empresas de distribución fagocita al ganadero. La enorme diferencia de precio entre el producto original y el de venta al público es un inmenso negocio. En agricultura, por ejemplo, una lechuga pagada a 10 céntimos se vende en los supermercados a más de un 800% del precio original. Conchita explica que “todo el beneficio se está trasladando a personas que son meros intermediarios entre el productor y el consumidor. Solo hay que ir a un mercado de pueblo donde puedes comprar del propio agricultor y conseguirás un precio muy bueno, una calidad extraordinaria y ese hombre sacará adelante su pequeña huerta. Hoy en día la materia prima, la fuente de alimentación y salud, está sujeta al precio del distribuidor”.

Sobre la leche, un mercado que Conchita conoce a la perfección, ella matiza cómo “el precio bajo es un gancho para captar al cliente al establecimiento y que compre otros productos. Y les da igual si producimos por debajo de los precios de coste”. Con respecto a las últimas noticias del “cártel” lechero y su acuerdo de precios Conchita es rotunda: “Hoy día se hace también en las energéticas, en los transportes… en todos los monopolios. ¿Qué importa que les pidan millones de euros, si con todo lo que me han robado a mí, y a todo el sector ganadero, han triplicado, o cuadruplicado sus beneficios durante el periodo que bajan los precios? ¿Qué importa que los multen con cuatro, si ellos ganan cien más?”.

Por este camino se pierden los productos locales. Y nos preguntamos qué ocurre con las importaciones, ¿es igual la leche importada que la nacional? “Yo les haría una pregunta a las personas que compran un litro de leche francesa mucho más barata que la que se vende aquí: ¿Cómo es posible que un litro de leche traído de otro país, con los costes de importación, cueste menos que un litro nacional? No puede ser que hayan descubierto la panacea. No puede ser que las vacas francesas produzcan tantísimo leche a precios ridículos. Las vacas son las mismas, pero también explotan a los ganaderos. Una de las diferencias es que aquí disponemos de unos controles de calidad mucho más rigurosos que en Francia. Y es fácil consultarlo. Los controles de sanidad en España son muy buenos, en cambio no se puede asegurar al 100% que la leche importada contenga, por ejemplo, algún tipo de antibiótico”.

La respuesta principal está en nosotros. Conchita concluye con esta interesante reflexión: “Hemos ido a muchas manifestaciones, hemos luchado… después te suben la leche unos céntimos en los meses menos productivos y vuelve la misma dinámica. Es difícil luchar en un sector que tiene acuerdos internos. ¿Quién puede cambiar esto? El consumidor. Estas bajadas de precio se hacen para captar gente.  Si el lector, después de ver este artículo piensa: “¿cómo vas a comprar un litro de leche al precio del agua? Se inicia un cambio. ¿Y cómo voy a vender un litro de leche, al precio del agua? El consumidor puede iniciar una revolución eligiendo una buena leche, con nutrientes, buen sabor… Sería bueno que las grandes compañías tuvieran una línea de producto para un nicho de mercado que reclame leche más natural, sin que se manipule, desgrase… una leche buena de vaca de pastoreo, de vaca que no está encerrada, a la que le respetan sus tiempo de reposo para descansar y tener sus terneros”.

“Se podría hacer, es un rotundo SÍ, pero solo si el consumidor lo demanda, si decide pagar veinte céntimos más por un bien de primera necesidad que consumen ellos, sus hijos, sus padres… Jamás habría que permitir acallar a un sector, en este caso al ganadero, con subvenciones.

La gente quiere un precio justo por su trabajo, y no ser los explotados de los explotadores. No se trata de acabar con otras líneas de producción, pero sí de valorar a los que damos a los animales una mejor vida. ¡No queremos limosna! No queremos ayudas que se pueden destinar a situaciones críticas, a personas que de verdad lo necesiten porque nosotros ya tenemos cómo ganarnos la vida, y así es cómo queremos ganárnosla”.

Conchita nos ha desgranado la historia de la buena, y de la mala leche. La buena leche de productores como ella, y la mala leche del sistema. Es la historia de los que se plantan ante un mercado inhumano, un mercado protegido por los que menosprecian a quienes respetan la tierra en la que crecieron.